LAS NIÑAS AFGANAS OBLIGADAS A CASARSE

 

Por: Fuencisla Gozalo. Fundadora y presidenta de la Fundación Cometa 

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Alguien llama a la puerta: ¡niñas, puede ser un hombre! Ellas ya saben lo que hay que hacer en estos casos: correr a buscar refugio en algún lugar de la casa para no ser vistas. Será algún adulto quien abra.

En el rellano, unas mujeres celestinas vienen a pedir matrimonio para una de las hijas de la casa. Se personan en el domicilio encargadas por la familia de un chico que quizás haya podido ver a la joven en los campos mientras trabaja o simplemente por una decisión de los padres. En este primer encuentro alabarán las cualidades del candidato y la idoneidad de la familia. Si no hay un rechazo, la familia de la joven responderá, a través de estas mujeres, que se pensará su proposición de matrimonio.

La elegida desconoce de quién se trata y es posible que no lo haya visto en su vida, pero no es ella quien decide. Será informada por sus padres. Nada más.

A los pocos días las celestinas volverán a personarse en el hogar de la elegida y, casi con seguridad, la respuesta será afirmativa. Volverán con la aceptación a la casa del hombre que pide matrimonio.

Después se realizará un encuentro formal entre las dos familias. La del novio llevará dulces a la de la futura esposa y se prometerán. Ya no habrá vuelta atrás. Será el hombre con quien comparta su vida, no importa lo malo que pueda descubrir en él. En unos meses se celebrará la boda y, si la joven tuvo la suerte de poder estudiar, no habrá servido de nada. Ahora pertenecerá a su marido y a la familia de éste. Su destino: tener hijos.

Esta es la forma habitual que en Afganistán tienen las mujeres de conocer a sus futuros esposos. Los afganos se casan la mayoría de las veces entre primos hermanos o primos segundos. Si este es el caso, no será necesaria la participación de la casamentera. Las dos familias se conocen de sobra por los vínculos de sangre que les unen y simplemente serán los padres de ambos los que organicen todo.

“¡Yo me casaré con la prima que mi padre me diga!”, dicen con convicción los jóvenes. Quizás es una frase que a oídos occidentales impacte, pero que es la normalidad en aquel país. El concepto de enamoramiento, de pasión, no entra en sus esquemas mentales a la hora de casarse. “El amor puede llegar después, con el tiempo”.

Recuerdo la historia de Laila Jaan, nacida en Kabul hace unos cincuenta y cinco años. Enferma cuando nació y sin diagnóstico conocido, la única esperanza de sus padres fue llevarla a unos hornos milagrosos que existían cerca de la capital afgana. El bebé fue depositado en uno de ellos y sanó. El pago fue la promesa de matrimonio entre Laila y el hijo mayor de la dueña de los hornos, entonces de seis años. Y sí, con el tiempo unieron sus vidas. Tuvieron cuatro hijos. “Comencé a amar a mi marido a partir del nacimiento del tercero, antes me repugnaba”, dice hoy con una sonrisa Laila Jaan.

Muchas veces, las niñas son entregadas, sobre todo en las zonas rurales, como pago de deudas de sus padres. La nueva constitución afgana aprobada en 2004 fija que la edad mínima para que una mujer pueda contraer matrimonio es de dieciséis años, sin embargo más del 60% son entregadas a sus maridos siendo niñas, lo que escapa al control policial y judicial. Además, el 87% sufrirá violencia física, sexual o psicológica durante el matrimonio.

Existe, sin embargo, lo que en Afganistán se conoce como shingarí, quizás la única forma que tiene el amor de triunfar y por ello la más peligrosa. Cuando dos jóvenes se aman pero su amor es imposible, la niña tiene la posibilidad de huir a casa de su amado y pedir el shingarí. Es un cobijo que debe ser respetado y los padres de él tendrán que aceptarla en casa. Es visto como un “crimen de honor”, puesto que la niña desobedece a las órdenes de su familia de casarse con quien se le ha dicho. Por esta razón tendrá que dejarse la labor a un intermediario que negociará este matrimonio con las dos familias.

Si el intermediador triunfa, podrán casarse. De lo contrario ambas familias tomarán cartas en el asunto y todo acabará para ellos, probablemente con la muerte.

Fundadora y presidenta de la Fundación Cometa

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