LA GRAN MENTIRA DE ‘LA CASA DE PAPEL’

 

 

Redacción: Adrián Mesa

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La ficción creada por Álex Pina estrenó su quinta temporada el pasado 3 de septiembre, consolidándose como una de esas series instaladas en el imaginario colectivo como un nuevo fenómeno de masas tal como lo fueron ‘Juego de Tronos’ o ‘Perdidos’ en sus momentos de mayor apogeo. La simbología utilizada por los atracadores, el color rojo y las máscaras de Dalí, y su ideario político trascendieron la ficción, por lo que no es extraño ver en la actualidad a personas utilizando dichos símbolos en una manifestación político-social.

En cuánto a su mensaje político, ‘La Casa de Papel’ pretende vender la idea de que el atraco es un golpe al estado por parte de los desamparados del sistema, unos ‘outsiders’ justicieros que llevan toda su vida resistiendo al margen del mismo. Su intención no es llenarse los bolsillos, sino demostrar que los de abajo pueden desafiar a aquellos que los miran con desprecio desde lo alto de la pirámide social. Pero, ¿de verdad esta ficción cumple con dicha premisa o es solo una gran mentira que forma parte del marketing de la serie?

A lo largo de su desarrollo vemos como el Profesor (Álvaro Morte) y otros personajes hacen alusión a la idea de resistencia ante la tiranía, cabe destacar la escena de este y Berlín (Pedro Alonso) entonando el ‘Bella Ciao’, un acto sumamente pretencioso al querer comparar a los partisanos que enfrentaron al fascismo en Italia con un grupo de atracadores. Lo de convertir un himno antifascista en un producto de masas que ahora utilizan hasta la derecha da para otro artículo, así que aquí solo me centraré en la hipocresía de su discurso político.

No hay ningún momento donde los personajes demuestren que la finalidad del robo sea un ataque colectivo al sistema establecido, más bien todo lo contrario, cada uno de ellos se suma por razones individuales y egoístas. El Profesor quiere hacerlo como homenaje hacia la vida delictiva de su padre, no se puede decir que su único objetivo sea el dinero pero su intención no tiene nada que ver con ayudar o representar a los de abajo; Tokio (Úrsula Corberó) solo quiere vivir alejada de todo porque su madre se cansó de que fuera una delincuente; Nairobi (Alba Flores) quiere el dinero para huir tras secuestrar a su propio hijo, al que le quitaron por ser una mala madre, lección que no aprendió nunca porque continuó con su carrera delictiva en lugar de reformarse; etc.

En todo momento, Álex Pina pretende exponer la idea de que dichas personas están ahogadas por un sistema que no les deja otra opción más que subsistir del mundo criminal, pero no profundiza en ello en ningún momento, solo les da diálogos que bien podrían estar sacados de Twitter y, al igual que en dicha red social, todo es superficial.

 

Siguiendo con el discurso central de la serie, podemos comprobar cómo a los personajes principales, los representantes de la ‘resistencia’, no les importa nada más que sus propios intereses. No hay una intención de generar un cambio que beneficie al colectivo, sino que cada uno busca la ganancia individual, conseguir el dinero y dejar atrás a aquellos que dicen representar. Entonces, ¿dónde queda la gente común? Pues no son más que meras herramientas, otro engranaje más en el plan del Profesor, quién saca provecho del apoyo de los verdaderos oprimidos por el sistema ya sea a través de la manipulación, el plan Camerún, o el soborno a los secuestrados para que les ayuden con la impresión de billetes. Esto último me recuerda a esos ricos que defraudan a Hacienda y luego donan dinero a la Sanidad para lavar su imagen.

De hecho, tanto el atraco a la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre como al del Banco de España contradicen directamente con el discurso político de la obra. El primero se basa en una mentira que busca alimentar la narrativa: “no vamos a robar el dinero de nadie, en cambio imprimiremos nuestro propio dinero”. Lo que deliberadamente no te cuentan es que si imprimes dinero generas inflación, un fenómeno que produce la subida masiva de los precios de los productos básicos. Y, ¿quiénes serían las más afectadas por este incremento en el coste de la vida? Justamente las más humildes. Bonita forma de complicarles la vida mientras tu te vas a Malasia con los millones, Profesor. Obviamente, no le puedo pedir a una serie de ficción que sea extremadamente realista, pero tampoco puedo comprarle la moto a su creador por mucho que la pinte de purpurina.

El caso del asalto al Banco de España es más sencillo, la causa es salvar a Río (Miguel Herrán) de las garras del Estado. De nuevo una lucha que solo les favorece a ellos, por no hablar de los efectos que puede provocar el hurto del oro del país; el Profesor parece empeñado en ocasionar problemas a la economía que luego repercuten en las clases bajas. Es como si ‘La Casa de Papel’ viviera en una contradicción constante entre el mensaje que pretende vender y las acciones de sus protagonistas.

Se puede crear una historia donde el personaje principal sea un hipócrita que no cumple con lo que predica, lo que no se puede hacer es realizar una obra con dos mensajes que chocan entre sí: quieres que los atracadores representen a las clases sociales más bajas en un golpe al Estado mientras los presentas como unos seres individualistas que buscan llenarse los bolsillos. Lo puedo explicar de una forma más sencilla: si quieres hacer la historia de Robin Hood, tu protagonista debe ser Robin Hood, tiene que robar a los ricos para dárselo a los pobres, no presentarlo como un héroe altruista y luego hacer que huya a Malasia con todo lo robado. Eso no es ser revolucionario, solo es vender humo a tu público de la forma más pretenciosa posible.

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