Alberto Ardèvol

Internet y control político: ¿Puede Facebook cambiar tu voto?

Por: Alberto Ardèvol Abreu
Investigador del Media Innovation Lab (Universidad de Viena)

*Opinión publicada en 2019*

En medio del alboroto causado por la tramitación en España de una ley que permita a los partidos políticos utilizar con fines propagandísticos los datos personales obtenidos en redes sociales y webs, expertos y comentaristas vuelven al debate sobre la privacidad, las fake news, los bots rusos o la minería de datos desarrollada por empresas como Cambridge Analytica.

En el fondo del revuelo subyace la idea tácita de que las noticias, opiniones, rumores y mentiras que consumimos diariamente son potentes herramientas de manipulación que, en las manos adecuadas (o más bien inadecuadas), pueden alterar el proceso democrático. Internet y las redes sociales son con frecuencia retratados como los culpables de estos y otros muchos males de las sociedades actuales.

Sin embargo, pocas veces se abordan de manera rigurosa (es decir, científica) las que deberían ser algunas de las cuestiones centrales en estos debates: ¿Hasta qué punto lo que leemos y vemos en internet y redes sociales condiciona nuestras opiniones políticas y nuestra manera de entender el mundo? ¿Cuáles son los efectos sobre nuestros comportamientos políticos (en especial sobre nuestro voto)? O, de manera más general, ¿es internet un lastre o un acicate para el progreso democrático y el control ciudadano de la actividad política?

La respuesta de las ciencias sociales a las preguntas anteriores no puede detallarse en un artículo de esta extensión, pero si hubiera que resumirla en una palabra sería: depende.

En una frase, podría decirse que internet y los nuevos medios de comunicación pueden, en circunstancias concretas, influir en algunas de las opiniones y comportamientos políticos de ciertas personas.

Muchas veces escucho o leo comentarios bastante atrevidos —incluso en la prensa seria— que sostienen con pocos matices cosas como que fueron los bots de Twitter los que volvieron independentistas a los catalanes, que el brexit no se habría producido sin la intervención de Cambridge Analytica, o que Hillary Clinton habría ganado las elecciones presidenciales de 2016 de no haber sido por la intervención de la trama rusa y las filtraciones de WikiLeaks. Estas grandes afirmaciones requerirían grandes pruebas de las que, de momento, no disponemos.

Como consecuencia de este tipo de interpretaciones —en ocasiones conspiranoicas—, se tiende a pensar en internet y, sobre todo, en las redes sociales, en términos de control social y deterioro de los procesos democráticos. El Gran Hermano que nos vigila, engaña y utiliza en beneficio de las elites económicas y políticas.

Sin embargo, aunque se hable poco de ello, los investigadores en comunicación encontramos que muchas de las actividades que llevan a cabo las personas en el mundo digital tienen efectos beneficiosos para el conjunto de la sociedad.

Así, desde hace un par de décadas, una gran cantidad de estudios muestran que las personas que utilizan internet y las redes sociales para informarse y discutir sobre asuntos de actualidad tienden a participar más en política —en actividades como votar, afiliarse a un partido político o a un sindicato, organizar una recogida de firmas o acudir a una manifestación o una acción de protesta—.

Incluso las aplicaciones de mensajería instantánea como WhatsApp, que son generalmente utilizadas para quedar con amigos o compartir vídeos de gatitos, pueden también tener consecuencias positivas en la vida democrática.

A través de un estudio basado en encuestas que realizamos recientemente en tres países diferentes (entre ellos España), advertimos que muchas personas utilizan WhatsApp para hablar sobre asuntos políticos y compartir noticias con sus contactos.

Este tipo de conversaciones políticas a través de WhatsApp incentivan, con el tiempo, la participación política de tipo activista (protestas, manifestaciones, recogidas de firmas, boicots a determinados productos o servicios por razones políticas, etc.), sobre todo en la población más joven.

Como pasa con la radio o la televisión, los efectos —positivos o negativos— de los nuevos medios dependerán fundamentalmente del uso que hagamos de ellos. No será lo mismo que utilicemos las redes sociales para consultar noticias y discutir sobre política, para mantener el contacto con nuestros familiares y amigos o para ver los últimos vídeos virales de In my feelings challenge al ritmo de Drake.

En este sentido, y a pesar de lo dicho en el párrafo anterior, algunos de nuestros estudios sobre Facebook o Twitter también muestran efectos negativos sobre la vida social que no podemos obviar. Por ejemplo, parece que las redes sociales y los medios online dificultan el aprendizaje y comprensión de los asuntos de naturaleza política, sobre todo cuando son de cierta complejidad.

Es decir, si para informarnos de la actualidad utilizamos solamente las redes sociales y nos olvidamos de los medios tradicionales, nuestro nivel de conocimiento político no se incrementará, e incluso puede que se reduzca.

De hecho, hemos podido observar que algunas personas jóvenes tienen la idea de que no es necesario esforzarse para estar informados, ya que ‘las noticias llegarán a ellos’ a través de las redes sociales o del boca a boca.

Esta falsa percepción, que hemos denominado ‘news finds me’, se relaciona con un mayor uso de las redes sociales para obtener información y, lo más interesante, con un menor nivel de conocimiento político. En otras palabras, los que piensan que ‘las noticias los encontrarán’ a través de Facebook se equivocan, y lo pagan con un menor conocimiento de la realidad social y política.

Internet, como la vida real, supone una fuente de estímulos simultáneos y variados sobre los individuos. Algunos de estos estímulos pueden ejercer una influencia positiva sobre las personas y sobre la vida democrática, mientras que otros pueden suponer un problema.

Las personas —o algunas de las personas— que usan la red, aprenden y discuten sobre política se organizan para resolver los problemas de su comunidad, firman peticiones dirigidas a los representantes políticos o donan dinero para campañas de carácter social.

En otras ocasiones, internet se utiliza como una ‘cámara de eco’ en la que filtramos las voces discrepantes y escuchamos solo aquellas que nos agradan, en lo que puede significar un camino hacia la polarización y la intolerancia.

Pero la red está aquí para quedarse, y quizás la manera más efectiva de proteger a los ciudadanos de sus efectos negativos no sea crear miedos en torno a ella, sino una adecuada alfabetización y educación digital que ayude a sacar el máximo partido de las tecnologías minimizando sus riesgos.

Con ello tendremos más recursos para poder proteger nuestra privacidad y decidir qué datos queremos hacer públicos y qué otros preferimos mantener en nuestra esfera íntima.

También estaremos más protegidos ante las noticias falsas o los intentos de manipulación política y económica. Todo ello para contribuir a una sociedad más informada, justa y participativa, y por tanto más democrática.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *