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Las Lolas: El feminismo rural se convirtió en imprescindible cuando no había nada

Janire Alfaya
Rita Robaina
Fotógrafo
Primavera de 2019

Es 16 de diciembre de 1965. Son las 4:19 minutos de la madrugada. Venera 3 se encuentra a menos de cuatro meses de convertirse en la reliquia del programa de exploración espacial soviético.

Es 1 de marzo de 1966, por primera vez una sonda terrestre impacta en otro planeta. Solo un mundo tan confuso es capaz de enviar máquinas a la nebulosa y no alcanzar en la Tierra la piedra angular de la justicia, la igualdad entre las mujeres y los hombres.

Sin embargo, el despertar de las mujeres parece ser también una misión espacial. Aunque quizá no haya pasado a la Historia como un hito. Y ese despertar, el que no salió de su letargo hace dos días sino hace siglos, comenzó en una iglesia feminista, con las predicadoras y con las brujas. No es casualidad que hoy a las mujeres las acompañe un fantasma obstinado, autoritario y hostigador.

Las Lolas | Fotografía: Rita Robaina
 

Pero esta Historia, la del feminismo, también nació hace dos décadas en San Bartolomé de Geneto, en el mundo rural de la “España profunda”. A Lola de la Rosa también la acompañaban los fantasmas, aunque hoy sus allegados la recuerdan como una persona reivindicativa, vacía de prejuicios y con una energía sobrenatural.

Lola se bebió con las calles y se atrevió a crear una de las primeras organizaciones feministas de San Cristóbal de La Laguna, la Asociación de Mujeres Magarza. Puerta por puerta eligió a las Lolas ante el estupor de sus maridos, que clamaban al cielo el cese de tal libertinaje.

Han pasado veinte años y su visión continúa siendo la misma, “que las mujeres compartan, junto a los hombres, la responsabilidad en la toma de decisiones, en la organización y gestión de los recursos culturales, sociales y comunitarios del barrio”.

Ercilia, hermana de Lola de la Rosa, recuerda que las Magarzas nacieron como un apéndice de la asociación de vecinos con el objetivo de mejorar la manzana y de que la voz femenina también se escuchara, alto y claro, en el municipio. “Nunca dejamos de ir a ningún sitio a reivindicarnos, aunque tuviéramos que cuidar nuestras casas y de nuestros hijos. Lola nos engatusaba, nunca la dejamos sola”, asegura Ercilia

Pero en la mesa en la que se produce esta conversación, entre licor y rosquillas caseras, también se encuentran Gabriela y Lala. Son las más longevas de la asociación y, a pesar de que han alcanzado ya los ochenta años, transmiten un dinamismo, una locuacidad y una vitalidad envidiable para el resto de los mortales.

Las Lolas | Fotografia: Rita RobainaAunque no pueden contener la emoción, las sonrisas inundan una conversación en la que recuerdan su infancia y juventud. “Somos gente pobre, humilde, malamente aprendimos a hacer garabatos”, apunta Lala mientras las demás asienten y añaden la complejidad que suponía hace 70 años ir al colegio.

“Íbamos descalzas y nos metíamos en los charcos para que no nos picasen las piedras del camino (por supuesto, no asfaltado ni poseedor de la holgura con la que ahora cuentan las calles). Estudiamos hasta los doce o trece años porque era tan difícil llegar a la escuela que íbamos dos veces a la semana”, detalla Ercilia.

Las cincuenta mujeres Magarzas que en sus inicios componían la asociación disfrutaron poco del placer de la enseñanza, jugaron entre pelotas de trapo y recibieron, como regalo de Navidad, naranjas y sacos. Pero la voluntad no entiende de educación ni de bienes materiales y se plasmó, en su caso, en el proceso de urbanización de San Bartolomé de Geneto. “Nos reuníamos una vez a la semana y Lola traía el fleje de papeles que había que llevar al Ayuntamiento para reclamar mejores infraestructuras en el barrio”, rememora Gabriela.

Pero lo que hoy se puede entender por “infraestructuras”, tomaba hace décadas un matiz absolutamente diferente. “No había carreteras ni un semáforo que regulase el tráfico, y eso era un peligro para los niños cuando iban al colegio, así que nos plantamos delante del alcalde para exigirle que protegiese a nuestros hijos”, explican las Magarzas. “Lo mismo pasó cuando Geneto se convirtió en un vertedero porque traían toda la basura de La Laguna al barrio, no podíamos seguir permitiéndolo”.

“Nuestra visión consiste en que las mujeres compartan, junto a los hombres, la responsabilidad en la toma de decisiones»

Entre señalizaciones, recogida de residuos urbanos y calzadas pasaron los años. San Bartolomé dejó de ser el epicentro del mundo rural para convertirse en una de las zonas más urbanizadas del municipio con la llegada del centro comercial Alcampo.

“Geneto ha cambiado mucho, pero hace veinte años ya se parecía a lo que es hoy. Como se convirtió en una zona muy comercial, todo el tráfico pasaba por nuestras calles, por lo que un
día nos plantamos cuatro de nosotras en la carretera y paramos un camión.

Eran las cuatro de la tarde y estuvimos varias horas ahí paradas hasta que vino la policía y el teniente alcalde a decirnos que nos fuéramos. Pero de ninguna manera, insistimos en que se habilitasen carreteras secundarias para desviar el tráfico y así se hizo”, concreta Ercilia.

Son algunas de las hazañas logradas por las mujeres Magarzas, pequeñas victorias, como ella lo denominan, que conforman hoy su barrio y que llevan intrínsecas el espíritu crítico de Lola de la Rosa, quien no deja de estar presente la tarde en la que tiene lugar este encuentro.

Han sido veinte años, aseguran las Lolas, llenos de esfuerzo y sacrificio. Veinte años en los que algunas de las Magarzas que integraban este peculiar grupo han dejado de estar. Veinte años en las que las nuevas generaciones se han sumado a la asociación hasta mimetizarse con las antiguas.

“Hay un vacío por las mujeres que nos faltan, pero no podemos quedarnos atrás, tenemos la obligación de seguir, seguir, seguir”, manifiesta Gabriela ante la sonrisa cómplice de Ana y Patricia, familiares y amigas que a día de hoy componen la junta directiva de la organización. “He vivido el sentimiento de unión desde pequeña, que se ha ido perdiendo porque antes éramos diez casas, diez familias de toda la vida, y ahora hay una sobreexplotación del terreno”.

“Nunca dejamos de ir a ningún sitio a reivindicarnos, aunque tuviéramos que cuidar nuestras casas y de nuestros hijos”

Así describe Ana la evolución del barrio y del movimiento vecinal: “las asociaciones nos encontramos ahora en un momento de reflexión porque todos, a raíz de un dispositivo móvil, podemos hacer llegar una reclamación al consistorio. Nuestra tarea ahora es dinamizar el barrio, aprovechar la gran oferta cultural que hay en La Laguna para mantenernos activas”.

Las nuevas generaciones han aumentado el número de mujeres que componen el grupo hasta 90, convirtiendo la organización en un muro infranqueable que pasa de madres a hijas en un movimiento generacional que adquiere forma espiral.

Sobre el futuro, Lala, Gabriela y Ercilia dan por seguro que dejarán la asociación en buenas manos: “Las Magarzas seguirán. Ahora pagamos las cuotas de nuestras nietas para que se conviertan en Lolas”. Es la misión intergaláctica que comenzó hace
veinte años y que perdura en San Bartolomé de Geneto.

A menudo, lo que no se cuenta de las carreras espaciales es que fracasan, intento tras intento, hasta convertirse en un hito. El 1 de marzo de 1966, cuando el satélite Venera 3 impactó en Venus, su sistema de comunicaciones falló antes de que los datos del planeta amarillo pudieran ser enviados a la Tierra.

El despertar femenino, colmado de intentos fallidos y asfixiado por el insaciable machismo, es, a toda seguridad, un hito. Un hito vicioso que se renueva y al que, igual que en el caso de las Magarzas, se van sumando las nuevas generaciones. Un hito hambriento y que se antoja inmortal. El feminismo es para siempre. Las Lolas son eternas.

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